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destacados, textos

¿Qué puede aportar el arquitecto a la ciudad?

lectura de Idoia Camiruaga Osés en el Laboratorio de Ideas.

Quiero comenzar explicando que todo este pseudo-análisis que sigue no pretende más que alimentar el debate, aunque ya sé que no es necesario demasiado empeño para generarlo. Serán solo pinceladas sueltas…

Me gustaría partir de una posición autocrítica, como arquitecta, basada en mi propia experiencia, así como del hecho de que tenemos que elegir, una vez caído el meteorito, si somos “dinosaurios” o “mamíferos”.

Cuando llegué al Ministerio de Vivienda, al empezar a plantear las líneas del programa de exposiciones y publicaciones, un colega, asesor en temas de Suelo y Políticas Urbanas, me decía que la arquitectura se limitaba a la resolución y colocacion de los “objetos” (dijo literalmente esa palabra) que se van ubicando en la trama urbana, sin más referencia con ella que la de estar ahí, ocupando una pieza cuya disposición ha determinado otro. No es un colega torpe, en absoluto, se trata de una persona con criterio… y esa es una opinion bastante generalizada, es lo que piensan muchas personas –cultivadas y no- de la arquitectura y, por lo tanto, de los arquitectos.

Exagerando solo un poquito, casi toda mi estancia en el Ministerio me la pasé explicando qué es la arquitectura a todos los que querían escucharme. En ese micromundo, para explicar que esta disciplina, la de la ARQUITECTURA, va más allá de lo que muchos creen, me resultaba sencillo colocar dentro de ella actuaciones y herramientas que pueden los no arquitectos y algunos colegas, entender como urbanismo, pero que es arquitectura. (Personalmente, nunca he “entendido” la diferencia entre urbanismo y arquitectura)

En todo caso, algo hay que no hemos sabido comunicar, o que no hemos sabido comprender como colectivo, que provoca estupor ante la intervención del arquitecto en determinados campos que no parecen tener relación con el OBJETO o edificio concreto y espectacular o feo, pues, en este sentido, hay pocos términos medios: los edificios, para el público, son eso, espectaculares o feos. La arquitectura buena, menos llamativa no suelen verla los profanos, no la perciben. ¿Falta de hábito? ¿falta de comunicación? ¿falta de formación?

El urbanismo, como palabra, parece tener que ver con un partido o un deporte, por ejemplo, yo practico el urbanismo. ¡Ah! que interesante, yo el ciclismo. He re-encontrado hace poco, en una publicación vieja, el nombre de urbanología, que suena más a ciencia o conocimiento de la ciudad. No voy a decir nada del término planeamiento, porque me parece vago o poco preciso, y porque necesita apellido para aplicarlo a la ciudad.

Uso estas palabras como imagen de lo que creo que nos ha pasado a los arquitectos en cuanto a las intervenciones en la ciudad y su territorio.

La ciudad es un sistema complejo, un sistema de sistemas relacionados entre sí y soportados por uno aún más complejo y, quizás, incluso hermético, que es el territorio. Cualquier actuación en lo urbano, cualquier planificación de desarrollo o de forma, supone la consideración de múltiples variables. Eso ha dado pie a la inflación de la parte “metodocientífica” en detrimento de la parte que llamaré “metodointuitiva”, la del arquitecto.

En este campo, el del urbanismo, el adelanto de la técnica ha hecho que, como sociedad, nos sintamos más tranquilos sabiendo que hay un equipo científico o paracientífico, que utiliza un sistema de pesas y medidas -sistema que está, además, en grado de poder definir con gran precisión-, que un equipo dirigido por alguien impreciso, que utiliza un trazo GORDO para expresar o resumir ideas complejas y que, además no puede transmitir muy certeramente, pues no es especialmente hábil con la palabra, como es el arquitecto…

Por otra parte, el devenir de los últimos decenios ha incorporado el MERCADO a los temas urbanísticos, incorporando por lo tanto aprovechamientos, plusvalías, rentabilidad, incrementos y otras cuestiones relacionadas con lo monetario. Esto supone que esa misma sociedad de la que formamos parte como colectivo ha preferido a los economistas, especuladores también al fin y al cabo –como nosotros-, sobre los arquitectos, que no aportamos a la construcción de la ciudad un claro o, mejor, visible, valor añadido.

Como coyuntura temporal, creo que hay que sumar un aspecto que tiene que ver con las formas de lo que proyectamos, pues lo hacemos, por una lado dentro de un ESTILO que hemos dado en considerar ABSOLUTO, como es el basado en lenguajes de movimiento moderno y derivados o, por otro lado, en la exacerbación de la tecnología –hay que ver, por poner un ejemplo de un arquitecto al que tengo un gran respeto, piezas como el edificio de Koolhas para sede de la TV China. En las imágenes que he visto de éste, no hay ninguna referencia al implante urbano del objeto, ni a la relación con otro posibles edificios próximos, o su peso en cuanto a la generación de tensiones, tráficos o atracciones… se entiende lo que hay un poco por el incendio… lo que si veo, sobre todo, la ADMIRACIÓN -¿acrítica?- por un objeto casi-imposible. Para mí es hermoso, pero mi de-formación, o prejuicio, cultural es lo que os habla en estos momentos…

Personalmente, como todo en estas palabras, y siguiendo con la autocrítica, me parece que conceptualmente no hemos superado a Brunelleschi: seguimos queriendo ser “la bomba”, y no todos podemos permitírnoslo… Aún así, esto debe de ser resultado de los anhelos que tenemos como especie, pues son cosas que, de momento, se extienden por todo el mundo orbe.

Después del crack del sector de la construcción –que nos hemos ganado a pulso en España- tengo la impresión de que hemos caído en un sentimiento general de que ya hemos hecho todo, de que ya hemos cumplido todas –o casi todas- las tareas que teníamos asignadas como constructores y como arquitectos dentro de ese mismo paisaje.

En el siglo XX, el siglo de las emigraciones a las ciudades, el del abandono del territorio de soporte, el de las grandes guerras, el de los derechos de la gente, teníamos muchas cosas que hacer: vivienda, vivienda, vivienda, escuelas, hospitales, universidades, iglesias, campos de deporte, centros de ocio, oficinas, centros socio-culturales, piscinas, frontones, gasolineras, gimnasios,  ministerios y consejerías después, centros comerciales, etc., y teníamos incluso que poner las calles, plazas y carreteras… teníamos que reconstruir los desastres de una o de todas esas guerras. Guardamos una memoria muy vívida de este pasado reciente porque está formado de experiencias aún muy próximas.

Eran tiempos de mucho trabajo, mucho frenesí mantenido a lo largo del tiempo, mucho poder concentrado también en las manos de los arquitectos, cuando éramos “pocos”, cuando eran casi todos hombres… Pero, entonces, ¿teníamos poco tiempo para reflexionar?, ¿teníamos demasiada soberbia para apreciar los cambios que se estaban produciendo a nuestro alrededor?

El mercado y el crecimiento social y de los derechos democráticos hicieron que llegáramos a arquitecto gentes como yo, por ejemplo. No es despectivo, significa que la profesión se democratizó también, cosa que considero muy buena.

Tengo la impresión, además, de que esta democratización ha traido una leyenda urbana: somos demasiados! Pues no, no somos muchos (lo dicen las estadísticas), somos los justos, somos los que somos, pero nadamos en un mundo que se ha constreñido un tanto, no solo desde el punto de vista económico, sino, sobre todo, desde el psicológico arrastrado por aquello de volver a sentirse “pobres”.

Pues justo ahora, es cuando más trabajo tendríamos que tener los arquitectos, los urbanólogos, especialmente en cuestiones de habitabilidad y consolidación del espacio publico, el de los derechos, y en la generación de otros modelos posibles para relacionar la edificación del hábitat humano con el territorio.

Algunas de las tareas que tenemos que manejar ahora y en las que somos especialistas y, más que necesarios, imprescindibles:

–       hay que desfacer entuertos, todos los que también nosotros ayudamos a hacer en los años de enloquecida bonanza;

–       tenemos que replantear el modelo de espacio público, con todo lo que esto supone: democracia, pues en los espacios públicos somos todos iguales y no se nos mide por el dinero que llevamos en el bolsillo. Esto lo pienso, sin ningún ánimo de hacer comparaciones odiosas, cada vez que uso los espacios públicos en el País Vasco, que no son bonitos-en-criterio-de-arquitecto, pero sí son acogedores y plurales, es decir, no específicos desde el punto de vista formal;

–       tenemos que pensar en lo que significan los barrios y en cómo desarrollar la vida en ellos. El barrio es la célula relacional más rica y dinámica;

–       tenemos un reto de accesibilidad universal, de movilidad sostenible que habrá que resolver mejor antes que tarde;

–       nuestro parque construido es muy deficiente en cuanto a demanda y optimización del uso de la energía, para lo que es importante su disposición urbana y las soluciones o mejoras a pequeña escala;

–       hay una gran o pequeña arquitectura que proteger, potenciar, dar a conocer, alterar, adecuar o derribar, dejando que fluya el espacio público en su pos y pensando cómo hacerlo;

–       tenemos, sobre todo, capacidad de bregar con problemas complejos, que entendemos, muchas veces, con poquísimo esfuerzo –respecto a otros profesionales-, aunque de un modo VISUAL-GRÁFICO que pesa mucho y, a veces, nos arrastra;

–       somos los amos de la inteligencia intuitiva y sabemos dejar en stand by los elementos de un puzzle hasta que, de modo casi mágico –intuición/criterio- encuentran su lugar;

–       no nos falta experiencia, sin la cual no hay intuición que valga;

–       somos capaces de concebir estrategias urbanas de desarrollo respetuoso, generando un tejido feraz;

–       los arquitectos españoles tenemos fama de competentes en todo el mundo, porque lo somos realmente. No creo que sea un drama salir de casa –muchos de aquí lo hemos hecho (Erasmus no cuenta)- pero tampoco creo que debamos salir todos!

–       y, por fin, media humanidad quiere tener el título de arquitecto, aunque sea con adjetivos: arquitecto técnico, arquitecto-interiorista, arquitecto-paisajista, arquitecto naval, arquitecto-tecto… (algo de prestigio debe quedarnos, supongo, cuando todos nos desean!!!)

Hay, SIN EMBARGOS, PEROS y otras conjunciones variopintas, en mi opinión, y sin ánimo de generalizar y sin mirar a nadie, que transforman el momento en una auténtica oportunidad:

–       nos hemos dejado querer por las circunstancias político-económicas, de modo acrítico (es humano), PERO esas mismas circunstancias nos están reconduciendo como colectivo (como muestra este mismo foro);

–       no nos hemos definido en una implicación política clara (que no tiene relación con partidos políticos, sino con la polis/ciudad y sus ciudadanos), PERO ahora estamos a tiempo y tenemos tiempo para reflexionar y animarnos a ello;

–       nos miramos el ombligo constantemente, PERO estamos aprendiendo a ver que el centro está en las personas, en el conjunto de las personas para las que trabajamos;

–       no solemos tener paciencia para adquirir criterio y pensamos que la carrera y, con un enorme peso en nuestras vidas, el tiempo que dedicamos a ella, nos lo han dado todo: SIN EMBARGO ahora tenemos el tiempo que antes podía faltarnos;

–       los estudios –la formación- que realizamos son anticuados en un porcentaje considerable, PERO empezamos ya a pedir a las Escuelas que adecuen sus programas y estamos aprendiendo qué exigirles y a no dejarnos llevar por ellas, pues los profesionales somos los que bregamos con el mundo real;

–       discriminamos al colega poco creativo como si fuese de menor alcurnia, y no lo es. ASÍ vemos que, como arquitectos, cada uno de nosotros puede desarrollar sus capacidades y ser útil igualmente en distintos campos: expansión!

–       fagocitamos a los elementos más jóvenes dentro de la profesión, PERO estamos aprendiendo a refrescar nuestra actitud vital gracias a su mayoría en el actual colectivo profesional;

–       justificamos todo lo que hacemos todos, sin enfrentarnos  en un buenismo corporativista, al ala fermentada de nuestra profesión: esto va a ser difícil, porque somos corporativistas natos, PERO es un paso obligado para conservar el respeto de la profesión, en todos los ámbitos y en todos los sentidos. Conseguiremos una DEONTOLOGÍA moderna;

–       trabajamos mal en equipos pluridisciplinares PERO, ahora, nos vemos forzados a aprender de otros y lo estamos aprovechando para crecer;

–       tenemos poco entrenamiento en la dirección de equipos y SIN EMBARGO, adquirir esta cualidad debe suponer un autentico empeño porque, en mi opinión, es una de las cosas que mejor podríamos hacer, precisamente por nuestro entrenamiento en la gestion de la complejidad y de la dificultad;

–       somos ágrafos o casi-analfabetos… no sé: ¿aprenderemos a hablar, a escribir y, finalmente, a expresarnos en idioma corriente?

–       no se nos ocurre ser empresarios, más allá de nuestra profesión literal, PERO las circunstancias nos van a conducir a la diversificación, es decir, dejaremos de pensar todostodostodos que la única salida empresarial es nuestro propio estudio;

–       nos falta una visión estratégica de posicionamiento social como colectivo: ¿seremos capaces de recuperar nuestro prurito? detrás vienen prestigio y confianza;

–       y, además, ¿estamos deprimidos?

Pues creo que sí, debemos de estar deprimidos porque si no fuese así y tuviésemos la moral en su sitio, aquí estarian participando otros colectivos, asociaciones, empresarios y profesionales… para ir poniendonos las pilas.

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Laboratorio de Ideas impulsado por el COAG Vigo con el fin del plantear debates sobre la actual situación de los arquitectos y la arquitectura, fomentando la participación abierta y el debate público.

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